La pertenencia a un grupo étnico, social, nacional o la elección de una preferencia, un partido político, un equipo deportivo, un gremio profesional, una religión, un territorio o un Estado no constituye razón suficiente para reducir a cualquiera de esos rasgos la identidad singular, única de un individuo de la globalización y el siglo XXI.

Esas identidades son, en definitiva, negociables, temporales y revocables. Nunca esenciales.

AmartyaSen (2007) sustenta que una persona puede ser, al mismo tiempo, y sin ninguna contradicción, ciudadano estadounidense de origen caribeño con antepasados africanos, cristiano, liberal, mujer, vegetariano, corredor de fondo, historiador, maestro, novelista, feminista, heterosexual, creyente en los derechos de los homosexuales, amante del teatro, activo ambientalista, fanático del tenis, músico de jazz y alguien que está totalmente comprometido con la opinión de que hay seres inteligentes en el espacio exterior con los que es imperioso comunicarse.

La pertenencia de un solo individuo a todas esas colectividades imprime a su persona y a su existencia una identidad particular, no necesariamente singular, sin que se le reduzca a una de ellas o que se presuma que alguna de ellas llegue a ser la única identidad del individuo.

En realidad, la identidad humana descansa en la pluralidad, no en la singularidad. Es la diversidad la que nos hace diferentes, no la unicidad.

Hoy día vemos demasiada barbarie, desde la discriminación hasta el genocidio, producida por la confusión y el reduccionismo identitarios. Y uno de los más terribles de esos males estriba en propalar la ilusión del destino, es decir, vender la idea de que el destino de una persona está íntimamente ligado a la singularidad de su identidad, porque esa actitud alimenta la violencia en el mundo. También la mitificación y la deducción historicista de un pasado como ancla identitaria provoca un error de bulto.

La fábrica de odio en la humanidad tiene lugar al invocarse el poder mágico de una identidad singular, supuestamente predominante, ignorando las otras identidades con las que vive el sujeto hipermoderno, como pueden ser el género, la profesión, el idioma, la ciencia, la moral y la política.

No hay ni identidades ni culturas superiores; son diferentes, diversas, múltiples.

Una singularidad no elegida de la identidad de un sujeto, impuesta como ilusión de una identidad única, anclada a un pasado y predestinada, conduce a la violencia.

Por ejemplo, reducir la identidad de un sujeto musulmán a la falsa postura de que el islam es, en sí mismo, intolerante, cuando la religión es apenas una de las identidades de un musulmán.

Las identidades son múltiples en un mismo sujeto y es este quien debe elegir, con libertad, a cuál de sus respectivas identidades va a darle relevancia en su vida, cuándo, dónde y por qué. Antes que gregaria, la idea de identidad única y singular es disociadora, beligerante y peligrosa.

Pensar sobre la identidad o las identidades constituye un problema similar al de la abrumadora tarea de resolver matemáticamente o con regla y compás griegos la cuadratura de un círculo.

La pertenencia social, la identidad tanto individual como colectiva no están talladas en la roca; no están protegidas con garantía de por vida, sino que, por el contrario, son eminentemente negociables y revocables (Bauman, 2005).

De hecho, la subjetividad, es decir, las decisiones y acciones del individuo son factores que gravitan sobremanera en lo negociable y revocable de la identidad.

¿Qué es lo que hace que un europeo o un asiático no se pregunten por su identidad? Porque se sienten seguros con su pertenencia a una determinada comunidad. Pero, ¿es identitariamentedeterminante el sentido de pertenencia? No. También es negociable y revocable.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

cinco × cuatro =