Florinda Soriano Muñoz nació en la comunidad de Villa Mella hoy, integrante de la Provincia de Santo Domingo, el 8 de noviembre de 1921, en el momento en que tocaban los Congos, cantaban Salves, repicaban los Atabales en honor al Espíritu Santo.

La pobreza le impidió asistir a la escuela. Conoció a Felipe Antonio y buscando mejoría económica se fueron a vivir a la comunidad de Hato Viejo, Yamasá, donde se refugiaron, junto a varias familias, en unas tierras que eran propiedad de un alto militar trujillista que llegó a ser jefe de las Fuerzas Armadas, las cuales vendió a un terrateniente que consiguió otras en otras en mejores lugares y las dejó abandonadas y sin cultivar por más de 50 años.

El esposo de Doña Florinda fue asesinado en una trifulca en una gallera y ella aceptó la responsabilidad de trabajar doble para cultivar la tierra y mantener a sus hijos, con las limitaciones económicas que esto implicaba.

La tranquilidad se quebró cuando apareció amenazante Pablo Díaz Hernández, poderoso terrateniente, afirmando que él había comprado estas tierras y que, por lo tanto, más de trecientas familias tenían que abandonarlas de inmediato, sin considerar que la mayor parte estaban en producción. Esto fue una bomba que promovió pánico entre los campesinos, los cuales reaccionaron con una total indignación, porque esto era un abuso descomunal, que atentaba contra su sobrevivencia, su tranquilidad y la paz en que vivían y trabajaban por décadas.

Era una época de represión brutal de la dictadura ilustrada Balaguerista al servicio de los ricos, en contra de los campesinos y de manera especial de los que ellos denominaban “invasores”, “violadores de la sagrada propiedad privada”, aunque esta fuera robada, comprada con dinero lavado o ensangrentada.

La comunidad estaba opuesta, indignada, pero el terrateniente se sentía apoyado por el Poder y por la impunidad que esto implicaba.  En medio de todo, surgió el liderazgo de Doña Florinda, una mujer carismática, militante de la Federación de Ligas Agrarias Cristianas (FEDELAC), una entidad socialcristiana, de mucha vivencia en esa época y en ese lugar. Fiel a sus enseñanzas, Doña Florinda proclamaba con insistencia que “La tierra es de quién la cultiva, por eso esta tierra es mía”.   Esta consigna se convirtió en bandera colectiva de lucha.  ¡Ella habló por todos!

El terrateniente, con la soberbia del abuso del poder, una mañana antes de que saliera el sol, varios tractores comenzaron a destruir las cosechas, a desalambrar las empalizadas y a profanar la tierra cultivada con sudor, sacrificio  y amor. Impotentes, con una rabia contenida y una indignación total, los campesinos no creían lo que estaba ocurriendo: estaban destruyendo sus esfuerzos, sus trabajos y sus sueños. Con una mocha en la mano, Doña Florinda, salió de la nada, se paró amenazante frente a uno de los tractores y gritó con indignación y firmeza: ¡Para seguir adelante, tendrán que pasar sobre mi cadáver!  ¡El tractorista se paralizó!

Se dio un silencio total.  El terrateniente y los tractoristas sabían que si esto ocurría, tendrían que hacer una masacre, porque todos los campesinos y campesinas estaban dispuestos a luchar y a morir por su tierra. Los tractores, dieron media vuelta y salieron de las tierras. En ese momento, Doña Florinda se convirtió en la líder campesina “Mamá Tingó”, símbolo de coraje y de valentía, en la defensa de su tierra.

Según los informes, Pablo Díaz Hernández, el terrateniente, trato de comprar a Mamá Tingó y esta no transigió, pasaron entonces a intimidarla. Pero Mamá Tingó era insobornable. En su locura, el terrateniente decidió asesinarla. Para esta tarea, encomendó a un cobarde como él, un capataz a su servicio, que no merece mencionarse.  Para esta vil acción, este canalla le abrió la puerta al lugar donde Mamá Tingó tenía sus cerdos. Cuando ella salió a recogerlos, él la persiguió, escopeta en mano. Y ante los gestos y los gritos de indignación de la misma, le pegó un tiro en el pecho y otro en la cabeza, muriendo al instante, la heroína de Mamá Tingó.

Como cobarde al fin, junto con los otros asesinos que lo acompañaban, huyeron para no volver jamás a ese lugar. La conmoción, la impotencia y la indignación se tornaron nacionales. Mamá Tingo, la campesina que murió en defensa de su tierra, se convirtió en un símbolo nacional, en una mártir-ejemplo, en una heroína de la patria.

Mamá Tingó era una auténtica campesina, tocaba los Atabales, cantaba Salves y bailaba los Congos.  Se sentía orgullosa de ser campesina, de ser negra, de sus ancestros, llena de espiritualidad y de ternura.  Yo conversé con ella varias veces, era una mujer carismática, hermosa, dedicada a su tierra y a criar a sus hijos, con una conciencia revolucionaria. Esta mártir por la lucha de la tierra fue eternizada por la pluma de Yaqui Núñez del Risco, la voz del inmenso Johnny Ventura, el canto de Roldan Mármol, Luís Días y la creatividad del Grupo Musical de Nueva Canción Convite.

Su lucha no fue en vano.  Ante la indignación nacional, el terrateniente abandonó sus propósitos de apropiarse de las tierras y el gobierno, años después, les entregó los títulos de propiedad a las familias campesinas por lo que ofrendó su vida Mamá Tingó.

Su figura creció, murió para nacer. La entrada de Yamasá la honra con una plaza y una estatua, una estación del Metro en Villa Mella lleva su nombre y con orgullo vive en el corazón del pueblo, como símbolo de lucha, de resistencia y de la mujer combatiente. ¡Mártir, trasciende a la gloria de la patria!

El cielo se iluminó cuando los campesinos recibieron su título de propiedad, Mamá Tingó sonrió, mientras Convite proclamaba a todo pulmón:

“La tierra es del que la trabaja

en Yamasá dijo Mamá Tingó”…

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